Verlo como una mancha negra, sin ningún atractivo sería una
forma de empezar.
El
negro, por lo general, nos produce toda clase de sentimientos negativos, debido
a su frío, a su falta de calor, de alegría, de vida, de sentimiento de
aceptación, apertura, salud o abundancia.
Lo relacionamos con duelo, con dolor, con vacío, con maldad. Hasta aquí, esta es la forma en la que lo percibimos.
El odio
jamás permanecerá pasivo. Es una
fuerza negativa y destructiva que genera acción violenta.
Hay
algo más, que es muy importante entender, para comprender el odio
correctamente: Mientras vivamos sobre la
Tierra enfrentaremos la imperfección; esto conlleva llegar hasta la naturaleza
pecaminosa del hombre. Debido a este
hecho, cosas que reconocemos como “negativas” (violentas) pueden tener una aplicación
práctica, positiva, circunstancialmente;
como, p.ej., disciplinar a nuestros hijos o infligir castigos a infractores
de las leyes de Dios. El punto central a
comprender aquí es que la violencia puede ser utilizada positivamente, y puede
contribuir a proteger y defender la vida, en circunstancias específicas de injusticia.
Por lo tanto, debemos sacar de nuestra mente
los conceptos absolutos que nos llevan a inclinarnos por la idea de que toda
violencia es mala en sí misma.
Debemos
aclarar, pues, que el odio puede ser lícito o ilícito.
Hablemos
primero del ilícito, y dejemos el lícito para de último para no perder la
oportunidad de confrontar cosas negras, negativas y malignas que pudiéramos
estar albergando en nuestro ser.
Todo odio, no importando su tamaño o
tiempo de existir, es el resultado de una herida en el alma. Al no haber perdón, el odio se desarrolla
como respuesta natural al dolor. Es una
defensa, una protección, un desafío, una oposición.
El odio
es ilícito cuando sale de un corazón egoísta, decepcionado por no haber logrado
su deseo o intención: un capricho, un
sentimiento, un anhelo, una ilusión, una petición no satisfechos.
El
perdón es el camino correcto y preestablecido por la vida, para vivir en orden,
justicia y plenitud. El odio es, por lo
tanto, un acto de rebelión ante la vida, a través del cual nos negamos a seguir
el camino de la justicia que es:
perdonar, comunicarnos, lograr la reconciliación, crecer, madurar,
responsabilizarnos, o bien, alejarnos de aquello que nos lastima indiferente o
intencionalmente.
El odio
es sutil. No se manifiesta abiertamente,
ni se declara a sí mismo. Puede
desarrollarse en todo silencio, en un ambiente carente de honestidad, lágrimas,
sensibilidad, meditación, reflexión o/y humildad.
Su
presencia es totalmente perceptible y claramente notoria, (comprobable, como en toda enfermedad, solamente a través
del tiempo):
aspereza, irritabilidad, dureza, impaciencia, indiferencia, mentira, agresión,
venganza, acusación; incapacidad para escuchar, aceptar responsabilidad o
verdad. La persona que odia puede
sentirse completamente emancipada a través del odio, o bien, caer en un hoyo de
amargura debido a la conciencia de lo sucedido, a su orgullo pisoteado y a su
incapacidad para retroceder el tiempo y borrar los hechos.
Debido
a los muchos temperamentos, a las diferentes experiencias personales y las
diferentes respuestas que le damos a los sucesos de la vida, no existe una
regla, sino solamente síntomas que nos dan testimonio fiel acerca de la presencia
de la enfermedad en una persona.
Una
persona realmente diabólica, perversa, egocéntrica, astuta y calculadora podría
decidir quedarse al lado de aquél que le provocó la herida, por causa de los
beneficios que obtiene de él (bienes materiales, dinero, comodidades, placeres,
viajes, estabilidad económica, posición social, herencia, etc.). El odio se manifestará a pesar de
esto; de no suceder directamente hacia la persona que lo provocó, en forma de
manipulación, venganzas, condicionamientos, caprichos, berrinches, mentiras, traiciones,
etc., se manifestará contra otras personas, que sufrirán directa y
profundamente el peso y la violencia de este odio reprimido (empleadores, empleados,
hijos, familiares, vecinos, amigos, personas en general).
Una
persona normal, afectada, tendrá arranques inesperados e impredecibles de
cólera. Explotará repentinamente en
cualquier situación que ponga a su alma bajo presión y le traiga a conciencia
la llaga que lleva dentro.
Una
persona madura, con un odio lícito, producido por heridas injustas, manifestará
su molestia específicamente y correctamente en el lugar que produce el dolor. Hablará con claridad y honestidad, y
manifestará abiertamente su repudio hacia la injustica; y según su capacidad
intelectual o emocional manejará la situación con la verdad.
Una
persona llena de odio ilícito ha perdido todo temor de Dios. Es una persona capaz de transgredir a todo
nivel. Ha perdido el miedo de
dañar. El odio no permite la inteligencia,
pero sí la maldad: venganza, egoísmo,
destrucción. La violencia saldrá por su
boca, por sus ojos, por sus manos, por sus acciones y por su pasividad: su determinación
a no hacer ningún bien. Aprovechemos este momento para comprender que el simple uso
de la mente no es inteligencia; la inteligencia es la capacidad de usar la
mente para hacer el bien.
Este
odio manifiesta la inmadurez de la persona, su debilidad e irresponsabilidad
ante la vida; su egocentrismo y su falta de disposición al cambio, a la
humildad y a la participación activa en un río que nos lleva a todos al mar de
la justicia, la plenitud y la felicidad.
Es muy
importante entender que es muy difícil ayudar a una persona llena de odio. Esta está ciega y desenfrenada. Está contaminada y envenenada, pero ha hecho
una unión con el virus que ha corrompido su sangre. Ella misma tiene que llegar al punto de
reconocer su mal y pedir ayuda. Hasta
entonces debe ser reconocida como una persona peligrosa, impredecible, capaz de
una maldad incalculable.
El
odio es el tapaojos que impide que la persona vea su herida. La percibe, la siente, y está consciente de
ella, en el fondo de su ser, pero se niega a detenerse para sanarla. Ha
escogido la violencia para continuar en orgullo y egoísmo, no importando lo que
pueda suceder. Jamás se debe intentar
dialogar o razonar con una persona así.
Se puede decir la verdad a modo de declaración, a modo de monólogo, pero
jamás intentando llegar al otro lado del puente. El
puente debe ser cortado y destruido.
Todo lo bueno se perderá y todo lo malo hará grandes destrozos, debido a
la violencia y falta de raciocinio, verdad, amor, paz, bondad y/o justicia en
la persona envenenada.


Al amargado puede dársele la oportunidad de convertirse al amor, con mucha prudencia, y conciencia, con fortaleza y amor verdadero. Pero, cuando la amargura descansa en el odio, la relación debe ser rota, y el cáliz de la soledad es la única esperanza para que el enfermo pida ayuda y deje su odio para recibir sanidad y poder volver a la salud, la fuerza, la libertad y la felicidad que la vida otorga cuando se vive en fidelidad.
El odio
es una bestia irracional que devora, … acecha, ataca, despedaza y no deja
nada. No tiene escrúpulos, no tiene
remordimientos, no tiene capacidad de arrepentimiento, mucho menos de restitución
o/y restauración.
El odio
lícito es aquél que se manifiesta contra la injusticia. Este odio puede ser protector y puede evitar
que continúe el daño. Está dirigido
hacia la injusticia misma, no hacia la persona que la cometió. Y todo aquello que haga estará justificado
por causa de la transgresión de aquél que ha cometido la falta. La persona que ha transgredido puede salir
dañada, pero debido a encontrarse en un lugar en el cual no le es lícito estar. No debemos sentirnos mal cuando nos veamos en
la necesidad de odiar. No
odiar puede destruir nuestras vidas.
Y odiar la injusticia que
hemos padecido puede ser la única esperanza
para recuperar y salvar una vida que estuvimos a punto de perder, y obtener una
que nunca imaginamos poder tener. Una persona que
llega a este punto es una persona que nunca volverá a ser la que fue antes de
la experiencia que la obligó a odiar lícitamente.
El odio
no es una elección, es el resultado natural del dolor producido por una
llaga. Pero también puede ser una
elección, para contrarrestar violencia directa. El odio debe ser dirigido hacia
todo aquello que sea culpable de mantener esa llaga abierta y supurando,
incluso si se encuentra adentro de nosotros, p.ej.: debilidad, haraganería, acomodamiento,
postergar, temor, idolatría, adicciones, dependencia, etc. El
remedio para el odio es curar la herida con amor. El odio es lícito, pues, únicamente cuando
algo o alguien ha impedido que esto se haga.
Es muy importante
comprender que el pensamiento subconsciente de evitar el odio y desecharlo
puede provocar gran dolor y muy profundo, equivalente a poner el cuchillo en mano
del agresor. Al momento de reconocer la herida debemos detenernos y hacer todo
lo que sea necesario para saber exactamente qué es lo que está sucediendo, y
proceder correctamente inmediatamente. Y otro gran peligro en esta posición es el de terminar virtiendo el odio sobre uno mismo, por no haber actuado a tiempo y adecuadamente. ¡Algo muy triste, pero muy real! ¡Cuidado! ¡Mucho cuidado con darle lugar a las falacias de la sociedad y la religión!
La
única oportunidad que tiene un ser humano ante un tiburón blanco es la de no
estar en donde éste está. El odio ilícito es ese
tiburón. La única forma de salir ilesos
de su presencia es evitándola drástica y decididamente. Cualquier intento de lograr cercanía o
contacto con él será una pena de muerte definitiva.
Vivimos
en una era de sentimentalismo hueco, en la que el ser humano intenta encontrar
satisfacción e identidad en una bondad no divina, exponiéndose a toda clase de
daño, debido a la crudeza de la realidad.
Los niños piden y agradecen;
viven en un mundo maravilloso de dádivas ilimitadas que no les cuestan
casi nada o nada, dependiendo de las reglas que rijan sus mundos. Nosotros los adultos debemos tomar responsabilidad
de nuestras vidas y aprender a vivir en un terreno en el que se da y se recibe
de mutuo acuerdo o con madura conciencia, siendo dueños de nuestras balanzas
individuales, para poder vivir en justicia, con felicidad lícita y creciente, hasta lograr plenitud en
nuestras vidas. Debemos dejar de ser
niños en la forma de pensar, y rescatar a nuestro “niño” para proteger y
disfrutar nuestra inocencia a lo largo
de nuestro caminar por este mundo, que puede ser maravilloso, si reconocemos
las dádivas que nos concede nuestro Creador.
¡No
intentemos ser dioses! Seamos seres
humanos que deben cobijarse por el frío, alimentarse y descansar para tener
salud, instruirse y equiparse para ser productivos; y entendamos que para
ser felices debemos respetar un orden
que el buen Dios ya ha establecido.

Hagamos eso: Respetémoslo, y disfrutemos el derecho de vivir con las manos llenas, sin preocuparnos por aquéllos que han tomado malas decisiones y han cavado sus propias tumbas, desafiando a Dios, y transgrediendo contra la paz, la verdad, la justicia y el amor.
La
Pasión
Fuerza y emoción;
intenso sentimiento que sale del corazón.
Su canal ha encontrado dentro del amor.
No se detiene ante el dolor.
Sólo puede ver fijamente
que la vida se vive intensamente.
Desprecia todo tropiezo.
No atiende razones que le digan,
“¡No toques eso!”
Rostros como de muertos;
seriedad inexpresiva, ojos negros.
Mirada llena de juicio,
odio escondido, y de amor ningún indicio.
La luz de la alegría me llama,
con el canto de los pajarillos cada mañana.
¡No te detengas, no desistas,
todo está bien mientras existas!
Es lo que quieres
lo que tú eres.
Sé que a nadie daño al existir;
mi individualidad quiero vivir.
Pero constantemente me lastiman
los que lo que hay en mí abominan.
Su soberbia e insensibilidad
la vida intentan apagar.
Contra tal amenaza
la pasión el apagar la vida rechaza.
Vence todo obstáculo,
desafiando el frío cálculo
del alma apagada
que ya no desea nada.
Pues verme morir
sería lo único que les haría sonreír.
No, no puedo apagar mi corazón,
cada día se enciende de nuevo la pasión.
De lo más profundo del alma
la más pura expresión.
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