viernes, 16 de agosto de 2019

El Odio


                 Verlo como una mancha negra, sin ningún atractivo sería una forma de empezar. 
                El negro, por lo general, nos produce toda clase de sentimientos negativos, debido a su frío, a su falta de calor, de alegría, de vida, de sentimiento de aceptación, apertura, salud o abundancia.  Lo relacionamos con duelo, con dolor, con vacío, con maldad.  Hasta aquí, esta es la forma en la que lo percibimos.

                El odio jamás permanecerá pasivo.  Es una fuerza negativa y destructiva que genera acción violenta.

             Hay algo más, que es muy importante entender, para comprender el odio correctamente:  Mientras vivamos sobre la Tierra enfrentaremos la imperfección; esto conlleva llegar hasta la naturaleza pecaminosa del hombre.  Debido a este hecho, cosas que reconocemos como “negativas” (violentas) pueden tener una aplicación práctica, positiva, circunstancialmente;  como, p.ej., disciplinar a nuestros hijos o infligir castigos a infractores de las leyes de Dios.  El punto central a comprender aquí es que la violencia puede ser utilizada positivamente, y puede contribuir a proteger y defender la vida, en circunstancias específicas de injusticia. Por lo tanto, debemos sacar de nuestra mente los conceptos absolutos que nos llevan a inclinarnos por la idea de que toda violencia es mala en sí misma.
                Debemos aclarar, pues, que el odio puede ser lícito o ilícito.

           Hablemos primero del ilícito, y dejemos el lícito para de último para no perder la oportunidad de confrontar cosas negras, negativas y malignas que pudiéramos estar albergando en nuestro ser.

                Todo odio, no importando su tamaño o tiempo de existir, es el resultado de una herida en el alma.  Al no haber perdón, el odio se desarrolla como respuesta natural al dolor.  Es una defensa, una protección, un desafío, una oposición. 

                El odio es ilícito cuando sale de un corazón egoísta, decepcionado por no haber logrado su deseo o intención:  un capricho, un sentimiento, un anhelo, una ilusión, una petición no satisfechos.
               El perdón es el camino correcto y preestablecido por la vida, para vivir en orden, justicia y plenitud.  El odio es, por lo tanto, un acto de rebelión ante la vida, a través del cual nos negamos a seguir el camino de la justicia que es:  perdonar, comunicarnos, lograr la reconciliación, crecer, madurar, responsabilizarnos, o bien, alejarnos de aquello que nos lastima indiferente o intencionalmente.

          El odio es sutil.  No se manifiesta abiertamente, ni se declara a sí mismo.  Puede desarrollarse en todo silencio, en un ambiente carente de honestidad, lágrimas, sensibilidad, meditación, reflexión o/y humildad.
             Su presencia es totalmente perceptible y claramente notoria, (comprobable, como en toda enfermedad, solamente a través del tiempo): aspereza, irritabilidad, dureza, impaciencia, indiferencia, mentira, agresión, venganza, acusación; incapacidad para escuchar, aceptar responsabilidad o verdad.  La persona que odia puede sentirse completamente emancipada a través del odio, o bien, caer en un hoyo de amargura debido a la conciencia de lo sucedido, a su orgullo pisoteado y a su incapacidad para retroceder el tiempo y borrar los hechos.

                Debido a los muchos temperamentos, a las diferentes experiencias personales y las diferentes respuestas que le damos a los sucesos de la vida, no existe una regla, sino solamente síntomas que nos dan testimonio fiel acerca de la presencia de la enfermedad en una persona.
                Una persona realmente diabólica, perversa, egocéntrica, astuta y calculadora podría decidir quedarse al lado de aquél que le provocó la herida, por causa de los beneficios que obtiene de él (bienes materiales, dinero, comodidades, placeres, viajes, estabilidad económica, posición social, herencia, etc.). El odio se manifestará a pesar de esto; de no suceder directamente hacia la persona que lo provocó, en forma de manipulación, venganzas, condicionamientos, caprichos, berrinches, mentiras, traiciones, etc., se manifestará contra otras personas, que sufrirán directa y profundamente el peso y la violencia de este odio reprimido (empleadores, empleados, hijos, familiares, vecinos, amigos, personas en general).
                Una persona normal, afectada, tendrá arranques inesperados e impredecibles de cólera.  Explotará repentinamente en cualquier situación que ponga a su alma bajo presión y le traiga a conciencia la llaga que lleva dentro.

                Una persona madura, con un odio lícito, producido por heridas injustas, manifestará su molestia específicamente y correctamente en el lugar que produce el dolor.  Hablará con claridad y honestidad, y manifestará abiertamente su repudio hacia la injustica; y según su capacidad intelectual o emocional manejará la situación con la verdad.

                Una persona llena de odio ilícito ha perdido todo temor de Dios.  Es una persona capaz de transgredir a todo nivel.  Ha perdido el miedo de dañar.  El odio no permite la inteligencia, pero sí la maldad:  venganza, egoísmo, destrucción.  La violencia saldrá por su boca, por sus ojos, por sus manos, por sus acciones y por su pasividad: su determinación a no hacer ningún bien. Aprovechemos este momento para comprender que el simple uso de la mente no es inteligencia; la inteligencia es la capacidad de usar la mente para hacer el bien.
                Este odio manifiesta la inmadurez de la persona, su debilidad e irresponsabilidad ante la vida; su egocentrismo y su falta de disposición al cambio, a la humildad y a la participación activa en un río que nos lleva a todos al mar de la justicia, la plenitud y la felicidad.

                Es muy importante entender que es muy difícil ayudar a una persona llena de odio.  Esta está ciega y desenfrenada.  Está contaminada y envenenada, pero ha hecho una unión con el virus que ha corrompido su sangre.  Ella misma tiene que llegar al punto de reconocer su mal y pedir ayuda.  Hasta entonces debe ser reconocida como una persona peligrosa, impredecible, capaz de una maldad incalculable.
                El odio es el tapaojos que impide que la persona vea su herida.  La percibe, la siente, y está consciente de ella, en el fondo de su ser, pero se niega a detenerse para sanarla. Ha escogido la violencia para continuar en orgullo y egoísmo, no importando lo que pueda suceder.  Jamás se debe intentar dialogar o razonar con una persona así.  Se puede decir la verdad a modo de declaración, a modo de monólogo, pero jamás intentando llegar al otro lado del puente.  El puente debe ser cortado y destruido.  Todo lo bueno se perderá y todo lo malo hará grandes destrozos, debido a la violencia y falta de raciocinio, verdad, amor, paz, bondad y/o justicia en la persona envenenada.




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              Al amargado puede dársele la oportunidad de convertirse al amor, con mucha prudencia, y conciencia, con fortaleza y amor verdadero.  Pero, cuando la amargura descansa en el odio, la relación debe ser rota, y el cáliz de la soledad es la única esperanza para que el enfermo pida ayuda y deje su odio para recibir sanidad y poder volver a la salud, la fuerza, la libertad y la felicidad que la vida otorga cuando se vive en fidelidad. 

                El odio es una bestia irracional que devora, … acecha, ataca, despedaza y no deja nada.  No tiene escrúpulos, no tiene remordimientos, no tiene capacidad de arrepentimiento, mucho menos de restitución o/y restauración.

             El odio lícito es aquél que se manifiesta contra la injusticia.  Este odio puede ser protector y puede evitar que continúe el daño.  Está dirigido hacia la injusticia misma, no hacia la persona que la cometió.   Y todo aquello que haga estará justificado por causa de la transgresión de aquél que ha cometido la falta.  La persona que ha transgredido puede salir dañada, pero debido a encontrarse en un lugar en el cual no le es lícito estar.  No debemos sentirnos mal cuando nos veamos en la necesidad de odiar.  No odiar puede destruir nuestras vidas.  Y odiar la injusticia que hemos padecido puede ser la única esperanza para recuperar y salvar una vida que estuvimos a punto de perder, y obtener una que nunca imaginamos poder tener.  Una persona que llega a este punto es una persona que nunca volverá a ser la que fue antes de la experiencia que la obligó a odiar lícitamente.
                El odio no es una elección, es el resultado natural del dolor producido por una llaga.  Pero también puede ser una elección, para contrarrestar violencia directa. El odio debe ser dirigido hacia todo aquello que sea culpable de mantener esa llaga abierta y supurando, incluso si se encuentra adentro de nosotros, p.ej.: debilidad, haraganería, acomodamiento, postergar, temor, idolatría, adicciones, dependencia, etc.  El remedio para el odio es curar la herida con amor.  El odio es lícito, pues, únicamente cuando algo o alguien ha impedido que esto se haga.
                Es muy importante comprender que el pensamiento subconsciente de evitar el odio y desecharlo puede provocar gran dolor y muy profundo, equivalente a poner el cuchillo en mano del agresor. Al momento de reconocer la herida debemos detenernos y hacer todo lo que sea necesario para saber exactamente qué es lo que está sucediendo, y proceder correctamente inmediatamente.  Y otro gran peligro en esta posición es el de terminar virtiendo el odio sobre uno mismo, por no haber actuado a tiempo y adecuadamente.  ¡Algo muy triste, pero muy real!  ¡Cuidado!  ¡Mucho cuidado con darle lugar a las falacias de la sociedad y la religión!

                La única oportunidad que tiene un ser humano ante un tiburón blanco es la de no estar en donde éste está.  El odio ilícito es ese tiburón.  La única forma de salir ilesos de su presencia es evitándola drástica y decididamente.  Cualquier intento de lograr cercanía o contacto con él será una pena de muerte definitiva.

              Vivimos en una era de sentimentalismo hueco, en la que el ser humano intenta encontrar satisfacción e identidad en una bondad no divina, exponiéndose a toda clase de daño, debido a la crudeza de la realidad.  Los niños piden y agradecen;  viven en un mundo maravilloso de dádivas ilimitadas que no les cuestan casi nada o nada, dependiendo de las reglas que rijan sus mundos.  Nosotros los adultos debemos tomar responsabilidad de nuestras vidas y aprender a vivir en un terreno en el que se da y se recibe de mutuo acuerdo o con madura conciencia, siendo dueños de nuestras balanzas individuales, para poder vivir en justicia, con felicidad lícita  y creciente, hasta lograr plenitud en nuestras vidas.  Debemos dejar de ser niños en la forma de pensar, y rescatar a nuestro “niño” para proteger y disfrutar  nuestra inocencia a lo largo de nuestro caminar por este mundo, que puede ser maravilloso, si reconocemos las dádivas que nos concede nuestro Creador.

¡No intentemos ser dioses!  Seamos seres humanos que deben cobijarse por el frío, alimentarse y descansar para tener salud, instruirse y equiparse para ser productivos; y entendamos que para ser felices debemos respetar un orden que el buen Dios ya ha establecido.

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                                 Hagamos eso: Respetémoslo,                                                                                                                      y disfrutemos el derecho de vivir con las manos llenas,                                                                                                                       sin preocuparnos por aquéllos que han tomado malas decisiones                                                               y han cavado sus propias tumbas,                                                                     desafiando a Dios, y transgrediendo contra la paz, la verdad, la justicia y el amor.



La Pasión


Fuerza y emoción;

intenso sentimiento que sale del corazón.

Su canal ha encontrado dentro del amor.

No se detiene ante el dolor.



Sólo puede ver fijamente

que la vida se vive intensamente.

Desprecia todo tropiezo.

No atiende razones que le digan,

“¡No toques eso!”



Rostros como de muertos;

seriedad inexpresiva, ojos negros.

Mirada llena de juicio,

odio escondido, y de amor ningún indicio.



La luz de la alegría me llama,

con el canto de los pajarillos cada mañana.

¡No te detengas, no desistas,

todo está bien mientras existas!                       


Es lo que quieres

lo que tú eres.



Sé que a nadie daño al existir;

mi individualidad quiero vivir.

Pero constantemente me lastiman

los que lo que hay en mí abominan.



Su soberbia e insensibilidad

la vida intentan apagar.

Contra tal amenaza

la pasión el apagar la vida rechaza. 


      Vence todo obstáculo,

desafiando el frío cálculo

del alma apagada

que ya no desea nada.



Pues verme morir

sería lo único que les haría sonreír.



No, no puedo apagar mi corazón,

cada día se enciende de nuevo la pasión.

De lo más profundo del alma

la más pura expresión.    
            


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